domingo, 22 de mayo de 2016

La historia del ripstik: Una lección de valentía

A todos nos encanta instruir, aunque solo podemos enseñar aquello que no vale la pena saber.
Orgullo y prejuicio, Jane Austen

Los días en Wheaton transcurren tranquilos, pero al mismo tiempo son un no parar. A ver cómo explico eso. La rutina es tranquila en cuanto a la ausencia de presiones, de deadlines, de las actividades que podrían llenar mi agenda en Madrid (aunque, siendo francos, en estos últimos meses he pisado poco Madrid como para que me diera tiempo a estresarme con nada). Pero al mismo tiempo, la actividad aquí es constante: casi siempre hay cosas que hacer, juegos que jugar, piececitos que calzar antes de salir a la calle, almuerzos que preparar y cuentos que leer. Y la verdad es que me encanta, a pesar de que (o quizá porque) es un tipo de actividad muy diferente a lo que estoy acostumbrada. Esto es algo que debería saber por experiencia, habiendo crecido en una familia de siete, pero creo que ahora estoy empezando a comprender lo intenso que puede ser algo tan «simple» como el día a día en una casa. En cualquier caso, las tres semanas que llevo aquí se me han pasado en un suspiro.

Un lugar al que he ido en un par de ocasiones con Natán y Olivia es un skate-park cerca de casa. Viene a cuento mencionarlo porque aquí es donde, sin yo saberlo, me enfrentaría a uno de los retos de mi aventura americana, y no uno de los retos que ya anticipaba antes de venir, como reprimir mi inglés o cocinar sin Thermomix (retos que seguramente mencionaré en futuras entradas). No, este desafío era nuevo para mí y estaba representado por un objeto que, en lo que a mí respecta, podrían haber olvidado los extraterrestres tras una visita al planeta azul. Su nombre: ripstik.



Si sois como yo, esta es la primera vez que veis u oís hablar de este chisme. Probablemente no, porque me consta que varios de mis lectores tienen alguna idea sobre todos estos derivados del monopatín, pero a mí esta cosa con dos ruedas y tabla dividida en dos partes móviles me dio mal rollo desde el minuto uno. No creo que sea un secreto para nadie que en general tengo mala relación con cualquier aparato con ruedas (salvo la bici), razón por la cual sigo sin carné de conducir y si me ofrecéis subirme a una moto recibiréis un cortés EHNONIDEBROMA. Me gusta admirar de lejos a los que sí saben hacerlo, eso sí, por eso me lo pasé muy bien viendo a Natán ir calle arriba, calle abajo, derecha, izquierda, con una soltura sorprendente. ¿El único problema? Natán estaba empeñado en enseñarme a manejarlo.

Claro, una tampoco quiere ser aguafiestas, así que al principio sonreí condescendiente, hice un poco el paripé, me subí en el ripstik y anduve tres metros por la calle agarrada de las manos de mi maestro particular antes de saltar. «Muy bien, ahora con una mano». Em… vale. Dos metros. «Lo estás haciendo bien, pero tienes que estar recta y mover la pierna para avanzar». ¿Avanzar? Si yo lo único que intentaba era no caerme… «¿Quieres probarlo en la calle?». ¿En la calle? ¡¿Cuesta abajo?! La fe que Natán estaba depositando en mí empezaba a conmoverme tanto como a inquietarme, así que decliné enseguida la oferta. Él igualmente estaba contento, y dijo que lo había hecho muy bien para ser el primer día. Yo sonreí, pero añadí mentalmente «primero y último».

La segunda vez que fuimos al skate-park, yo iba con un monopatín que me prestaron los niños y con el que estuve haciendo… teatro, básicamente. En esas estaba, dando vueltas por el parque con el pie más tiempo en el suelo que en la tabla, cuando Natán se me acercó y me preguntó si quería volver a probar el ripstik. «Hoy quizás consigues ir sola», me dijo. A esas alturas casi me daba más pena dejar que siguiera engañándose, y por muy adorable que me pareciera ver a este niño tan confiado en su certeza de enseñar a manejar el ripstik a una mujer de veinticinco años y más de setenta kilos, pensé que tenía que explicarle algunas realidades sobre la vida. Mis engranajes mentales crearon todo un discurso en pocos segundos: que si la ley de la gravedad, que si era imposible que yo hiciese lo mismo que él sin haber practicado desde pequeña, que si hay personas que nacen con unas habilidades y otras que no, que si esto, que si lo otro, que si imposible. Podría haber soltado todo ese discurso en aquel instante, parecía lo más adecuado para simplificar las cosas, pero no lo hice; una vez más, la ilusión de mi pequeño entrenador pudo conmigo. Bueno, pensé, lo intento una vez y cuando él vea por sí mismo que no puedo hacerlo empiezo con mi discursito.

Así pues, volví a subirme en el ripstik. Y tras unos pocos intentos semejantes a los del primer día… esto sucedió:



Vale, tengo la misma elegancia de movimientos que un pato cojo, pero el caso es que anduve en el ripstik. Sola. Durante casi treinta segundos, hasta el final del parque. Y después de eso incluso conseguí aprender a girar para que ese límite no fuera un problema, hasta el punto de poder andar durante más de un minuto y bajarme cuando yo quería, y no cuando mis pies perdían el equilibrio. ¿Esto estaba pasando de verdad? Es una tontería, sí, pero el caso es que aquel logro me hizo tanta ilusión que me animé a seguir probando y hasta conseguí subirme al ripstik sin ayuda. Los niños me animaban un montón, y al final del día Natán me dijo: «Estoy muy proud of you, ¡lo has conseguido!».

Yo en ese momento también me sentía bastante orgullosa, para qué negarlo, pero cuando empecé a repasar esta anécdota en mi cabeza me di cuenta de algo. Ya estaba pensando en escribirla aquí como una de esas clásicas historias americanas de lucha y victoria, con una moraleja como «persevera y triunfarás», o «a veces solo necesitas que alguien crea en ti», algo en esa tónica. Pero no podía. Algo no me cuadraba, y tardé varios días en descubrir qué era, cuál era el elemento de esta historia que no me dejaba atribuirle ese espíritu triunfante, hasta que al final di con él. Era ese discursito que había formado en mi cabeza y no había llegado a soltar. El discurso en el que yo iba a «explicar las realidades de la vida».

Vaya manera de quedar en ridículo.

Esta no es una de esas historias deportivas sobre vencer a las circunstancias, sino el relato de una lección que yo tenía que aprender. No se trataba de perseverancia: esos logros los conseguí en una tarde. No se trataba de que alguien creyera en mí: Natán ya me había dado su confianza desde el principio, era yo quien no se la había tomado en serio. No, la gran pregunta que me surge al reflexionar sobre esto es: ¿por qué me di tanta prisa (al menos mentalmente) en decir que no?

Puede que parezca una tontería hablando de un ripstik, pero la anécdota me dio para pensar, y tengo que admitir que acostumbro a reaccionar así con demasiada frecuencia. Cada vez que me enfrento a un desafío primero digo «no puedo», luego me pongo a evaluar los porqués, y a lo mejor llego a la conclusión de «anda, mira, pues a lo mejor sí puedo». Quizá me doy cuenta de que no tengo mucho que perder, quizá descubro que ese reto no me exige alejarme demasiado de mi zona cómoda, así que bueno, vale, por qué no. Pero los verdaderos desafíos, los que requieren valentía… no, esos déjaselos a los que pueden.

«¿Y tú por qué no puedes?».

«¡Porque me podría caer!».

«Sin duda, pero también podrías mantenerte en pie».

«Quita, quita, mejor que lo hagan los que saben. Yo no estoy hecha para eso».

«¿Te crees que “los que saben”, como tú dices, no se caen nunca?».

«Sí, pero no es lo mismo. A mí no me sale, no tengo habilidad».

«Te veo muy convencida para hablar de algo que no has intentado en tu vida».

Es raro, porque mis argumentos mentales para no subirme al ripstik me recuerdan mucho, entre otras cosas, a los que intenté esgrimir cuando me planteé por primera vez la posibilidad de venir a Estados Unidos. Quería, pero pensaba lo mismo: que no podía. ¿Por qué? Esto… Insértese sonido de grillos y silencio desconcertado.

No quiero decir con esto que no haya ningún motivo para asustarse ante los retos. Creedme, el riesgo es muy real. De hecho, en el caso del ripstik lo comprobé muy pronto, cuando me dejé llevar por el entusiasmo e intenté una maniobra que me hizo caer cuan larga era en la calle, delante de unos vecinos que se asustaron y me preguntaron si estaba bien, los pobres. Pero esa es la gracia: que hay riesgos, que hay que superar obstáculos, que hay que intentarlo todas las veces que haga falta, porque como me dijo hace tiempo mi hermano, la magia ocurre fuera de nuestra zona de confort. Y oh, sorpresa, para salir de ahí hay que dar un paso que no darías normalmente. A veces eso implica levantar el pie del suelo para subirse a un objeto de dos ruedas con aspecto alienígena. Otras veces implica subirse a un avión y viajar al otro lado del mundo. En cualquier caso, es un paso que requiere valentía, pero vale muchísimo la pena.

Y para aprender esa lección de valentía, a veces conviene callarse un poquito las ganas de impartir sabiduría y, en vez de eso, hacerles caso a las personas que quieren sacarte de tu zona de confort. Como mi pequeño entrenador de ripstik.

10 comentarios:

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    1. Gracias Eze!! Me he acordado mucho de ti escribiendo esto =) miss you!

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  2. Caminar sobre el ripstick puede ser tu caminar sobre las aguas! Jeje. Ten cuidado que te veo pronto conmigo en el el otro extremo,diciendo que si a todo ..!! Ya llegará tu momento INTERVENTION! Jaja love you!

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    1. Jajajaja, la verdad es que sí! Creo que andar sobre las aguas me daría menos miedo xDDD. Y por supuesto, no dudéis en montar la INTERVENTION cuando me veáis queriendo caminar por una cuerda entre dos edificios de Chicago, o algo así xD

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  3. Empecé a llorar cuando vi el video y seguí hasta acabar de leer la entrada...Eres increíble ¡creételo! love you!

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    1. Jaja, lástima que no tenga grabada mi posterior caída para que acabaras la lectura riéndote 😂 Gracias mami, love you!!

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  4. Me ha encantado, Abi. Cómo escribes, la reflexión, la lección, todo. ¡Sigue así!

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  5. ABI DE QUÉ VAS?! Yo una vez lo probé en un intento de flipada y al darme cuenta de lo imposible me quedé como QUE CLASE DE MONSTRUO ES ESTO? Viene del espacio. fijo hahahhaha a pesar de mi envidia, im so proud!! Me encanta leerte, you are an awesome writer, you know <3 Love you and miss you!!

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    1. Jaja, Juli, lo de que viene del espacio no me cabe duda, pero seguro que a ti se te daría genial!! Necesitas que Natán te dé una clase =P jeje, I love you and miss you too, sis! <3

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