viernes, 29 de julio de 2016

Epílogo: Hasta la vista, Chicago

It’s ok to feel sad sometimes.
Little by little, you’ll feel better again.

Daniel Tiger

Miro el calendario y caigo en la cuenta de que hace dos semanas que volví de Estados Unidos. Y, en cierto modo, escribir un epílogo a estas alturas parece un poco fuera de lugar. Han pasado muchos días. Parece que no he tardado mucho en volver a acostumbrarme a mi rutina española: el idioma, los horarios de las comidas, la forma de moverme por la ciudad, el trato con la gente… Mi realidad, en resumen. Para ser honesta, me resulta difícil creer que hace menos de un mes estuviese comiendo bagels mientras veía el desfile del 4 de julio, y más difícil aún me resulta escribir sobre ello. Sin embargo, después de todo lo que he vivido no puedo dejar esta historia inconclusa; por lo menos, tengo que intentarlo.

Sé que habría muchas maneras de cerrar esto in crescendo, con una nota de optimismo y alegría. Al fin y al cabo, cada vez que miro las fotos de mi aventura chicagüense (en serio, suena mal cada vez que lo digo, ¿por qué permitimos que semejantes gentilicios se cuelen en nuestro idioma?, en fin, perdón por interrumpir) me asombra lo afortunada que soy y doy gracias a Dios por permitirme vivir esta experiencia. Podría hablar de lo mucho que he aprendido, crecido y disfrutado en estos tres meses. Podría describir mi gratitud y mi felicidad. Podría, sí, pero… este blog tiene otras siete entradas en las que hablo de ello. No es de eso de lo que quiero hablar en este epílogo. Quiero hablaros de un tema un poco más agridulce que me ha acompañado casi toda la vida, pero que este año ha estado especialmente presente.

Las despedidas.

Os cuento una anécdota. Una mañana en Wheaton, más o menos a principios de junio, me desperté con una vocecita muy cercana diciendo «Abiiii». Abrí los ojos y me encontré con Iria, que me miraba con sus grandes ojos castaños.

–Hola, Iria –dije, con mi voz de por las mañanas (que es un poco sepulcral, pero por suerte ella no se asustó). La pequeña se quedó un momento mirándome y al final volvió a decir:

–Abiiiii…

–Dime, corazón.

Ella se miró la camiseta de pijama, que era violeta y con el clásico I HEART U escrito en letras grandes. Se le iluminó la mirada y me dijo:

–¡Abiiii! Look! This is morado!

–¡Lo sé! Es muy bonita –respondí, sonriendo.

But Abi, look! –y fue señalando las letras de la camiseta a la vez que decía–: I… «iove»… –entonces me miró con una de sus sonrisas enormes, me señaló con el dedo y exclamó–: … YOU!

Fue en ese momento que escuché una vocecilla en mi cabeza con la que ya estoy bastante familiarizada. Una voz que me dijo: «Para. Ten cuidado. Te estás encariñando demasiado con estos niños, y cuando tengas que decirles adiós te va a doler. Pon una barrera alrededor de tu corazón. Protégete. Crea un poco de distancia; no mucha, pero sí la suficiente para que no te haga daño». Aunque fuera a un nivel un poco subconsciente, me di cuenta en ese instante de que iba a tener que tomar una decisión.

Y la tomé.

Hoy, volviendo la vista atrás, recuerdo este momento y puedo decir que aquella irritante voz en mi cabeza tenía razón en una cosa: me duele. Pero ¿sabéis?, me alegro mucho de no haberle hecho caso. Si lo hubiera hecho, quizá este epílogo tendría un tono más alegre, pero la historia no habría valido tanto la pena.

Una de las lecciones más importantes que he aprendido este año se resume en una palabra: entrega. Hace menos de un año creía saber lo que significaba eso: entregar tu tiempo, tu dinero, tu servicio, tus talentos… Pero ahora veo que, aunque todo eso tiene mucho valor, no es más que el principio. Una persona entregada es la que se entrega a sí misma. Es aquella que no entrega solo lo que tiene, sino también lo que es: su personalidad, sus sueños, sus miedos, sus emociones y su historia. Entregar significa bajar las defensas y ponerse en una posición vulnerable, y sí, cuando haces eso dejas paso al dolor. Pero también a una forma de amar mucho más profunda.

No creo que pueda identificarme, al menos de momento, con el tipo de persona que acabo de describir. Me contento con saber que puedo llegar a serlo algún día. Pero sí puedo decir que he intentado que esa fuera mi actitud a la hora de vivir mi aventura americana. He procurado que mi temor a las despedidas no me impidiera aprovechar al máximo cada maravilloso momento que he vivido con Isra, Karisa, Natán, Olivia, Iria y Anniah. Y ahora, en España, a un océano de distancia y con las vocecillas de los pequeños aún resonando en mi cabeza, puedo decir que no me arrepiento de esa decisión.

Con esto me despido de la ciudad del viento, las banderas tachonadas de estrellas, las ardillas, los cereales nocturnos, los duelos de cosquillas, las canciones de Daniel Tiger, los puzles en el porche y las otras mil cosas que voy a echar de menos. Me toca ponerle punto final a este epílogo y decir adiós Lo digo con gratitud, y también con tristeza, pero sobre todo lo digo con paz, sabiendo que «las muchas aguas no podrán apagar el amor» (Cantares 8:7). Y sabiendo también que mi corazón se ha hecho un poquito más grande gracias a las personas y personitas con las que he compartido este verano.


¡Hasta la vista, Chicago!


jueves, 7 de julio de 2016

La historia de las nuevas experiencias: La casa del lago y el 4 de julio

Dicen que cada copo de nieve es diferente. Si eso fuera cierto, ¿cómo podría el mundo seguir adelante? ¿Cómo podríamos volver a levantarnos de nuestras rodillas? ¿Cómo podríamos recuperarnos del asombro?
La pasión, Jeanette Winterson

Recuerdo un par de momentos en mi vida en que me ha invadido un sentimiento similar al que tan bien expresa Jeanette Winterson con estas palabras, y por el motivo que sea, esos momentos siempre han tenido lugar delante de una vasta extensión de agua. De modo que no me extrañó mucho volver a sentir lo mismo en la casa del lago de Wisconsin, donde la semana pasada tuve la oportunidad de pasar dos días con la familia de Isra y Karisa. Sentada en el muelle al atardecer, en silencio, contemplando la puesta de sol más preciosa que he visto en mi vida, me sentí invadida por esa misma mezcla de maravilla, emoción e incomprensión, preguntándome cómo es posible que exista tanta belleza en el mundo y que sin embargo la vida siga adelante. Cómo es posible que, una y otra vez, nos acostumbremos a ello. Cómo es posible que estuviera mojando mis pies en el agua, en un lugar tan idílico, a casi siete mil kilómetros de mi casa, sin desmayarme ahí mismo.


Me he puesto un poco melancólica, quizás porque mientras escribo esto soy consciente de que me queda solo una semana para volver a España. Pero es cierto que he vivido unos momentos muy especiales, y seguramente irrepetibles, en esos dos días en Wisconsin. La casa donde la familia de Isra y Karisa suele pasar sus vacaciones está a la orilla de un lago precioso, y no exagero al decir que parece uno de esos rincones que solo existen en los cuentos. He tenido la oportunidad de jugar y nadar con los niños, de dar paseos en lancha y de dejarme arrastrar por la lancha en un flotador enorme hasta que la velocidad me tiró al agua; he comido cenas riquísimas, he jugado al UNO y a las pistolas con balas de esponja, he contado cuentos y he visto una película sobre una canguro que se pierde de noche por Chicago con los niños que tiene que cuidar (¡ideal para mí!). Pero, sobre todo, he disfrutado de la compañía de una familia preciosa, cuya bondad y generosidad me siguen sorprendiendo cada día.

Y podría decir lo mismo de la segunda experiencia que quiero describir aquí: encontrarme en Estados Unidos durante, probablemente, el día más americano del año. Este lunes he podido ser testigo directo de las celebraciones del 4 de julio, la conmemoración del día en que se firmó de Declaración de Independencia de Estados Unidos hace doscientos cuarenta años, y ha sido realmente emocionante. Los festejos empezaron la noche anterior en casa de los padres de Karisa, comiendo los tradicionales s’mores alrededor de una hoguera (s’more = malvavisco tostado con chocolate y galletas) y subiendo a una colina para ver los fuegos artificiales.





Al día siguiente todos fuimos a ver el desfile del 4 de julio desde el jardín de los primos de Karisa, que nos invitaron a un desayuno increíble formado por donuts, galletas, café, etc. El desfile fue muy vistoso y hubo de todo: animadoras, bandas de música, gente disfrazada de figuras históricas (o de vacas, en el caso del restaurante Chick-fil-A), los sectores políticos de turno… y, sobre todo, banderas americanas por todas partes. Miraras donde miraras encontrarías los colores rojo, azul y blanco; no solo en las banderas del desfile, sino también en la ropa de la gente o en creativos adornos como el que encontramos más tarde en la mesa de la comida.




Una pregunta interesante que me hicieron un par de personas por separado fue: ¿cuál es el equivalente de esta celebración en España? Creo que contesté con la verdad en la mano al decir que en mi país no hay nada parecido a esto, en parte porque es evidente que no compartimos la misma historia que los estadounidenses y también porque… bueno, porque son culturas distintas y sería como comparar el tocino con la velocidad. No creo que llegue a haber una celebración semejante en España, y tampoco digo que deba haberla necesariamente, pero me alegro de haber tenido la oportunidad de vivirla aquí.




Me gustaría hablar un poco más de mis últimas aventuras americanas, pero al mismo tiempo sé que los minutos del reloj siguen pasando y que el tiempo que invierto en escribir sobre mis experiencias es tiempo que pierdo de simplemente vivirlas. Por eso, y porque tengo otros proyectos en los que quiero trabajar antes de irme, creo que esta será mi última actualización desde este lado del charco. El próximo episodio, o más bien el epílogo de este blog, lo escribiré ya desde España.

Tic-tac, tic-tac