martes, 31 de mayo de 2016

La historia de la Ciudad de los Vientos: Imágenes de dos paseos por Chicago

Come and show me another city with lifted head singing so proud to be alive and coarse and strong and cunning.
Chicago Poems, Carl Sandburg

El título de esta entrada en principio iba a ser Mi primer paseo por Chicago, pero soy tan lenta con mis actualizaciones que en lo que he tardado en sentarme a escribir ya he vivido mi segundo paseo, así que he pensado que es mejor unir ambos en un capítulo, no sea que me vuelva a pillar el toro. Y sí, no os engañan vuestros ojos, en las fotos que vais a ver de ambos días voy con la misma camiseta. Ningún significado especial, simplemente suelo ser repetitiva con mi indumentaria, un poco como un personaje de Los Simpsons.

Sé que debería currarme un poco más estas entradas, pero ya lo he dicho alguna vez: creo que no tengo alma de periodista. En este caso, aunque mis dos visitas a Chicago han sido geniales y os aseguro que he intentado hacer una descripción detallada de mis impresiones, al final me he rendido. ¿Sabéis eso que dicen de que «una imagen vale más que mil palabras»? (no, Abi, jamás lo habíamos oído). Bueno, como escritora le tengo un poco de manía a esa frase, pero a pesar de todo tengo que reconocer que a veces es verdad. Así que he decidido que lo mejor es compartir con vosotros algunas fotos de la Ciudad de los Vientos.

Día 1


Yo hundida entre los rascacielos de Chicago, que se han ganado a pulso su nombre (la verdad es que estoy muy tentada a ponerme esta foto de perfil en Facebook).


En lo alto de Sears Tower, una de las estructuras más altas del mundo. En días claros se pueden ver desde allí los cuatro estados de Illinois, Michigan, Indiana y Wisconsin. Y sí, es como caminar por el cielo.


Así todo queda mucho más claro xD.


Foto de rigor, obligatoria para todos los que visitan Chicago.


Nada más chicagüense que comer pizza delante de una habichuela gigante.


Vale, la pizza no era muy chicagüense que digamos. Tenía hambre, ¿vale?

Por cierto, sí, lo he buscado y «chicagüense» es la palabra correcta, y no, yo tampoco entiendo a la RAE.


Tomarse un café aquí cuesta cinco dólares. Salir y descubrir que al lado hay una tienda de cómics… no tiene precio *-*


Para llegar a la orilla del lago Michigan tuve que hacer una caminata bastante larga y prácticamente a contrarreloj, pero vaya si mereció la pena.

Bueno, eso es todo en lo que se refiere a mi primer paseo; al menos, todo lo que puedo contar sin enrollarme hasta el infinito. Este sábado tuve que volver otra vez para hacer un trámite ante el consulado español, y estas son las imágenes que corresponden a ese segundo día.

Día 2


Esto es LaSalle Street, una de las calles de Chicago donde se rodó la película El caballero oscuro, más concretamente la escena donde Batman y el Joker tienen su enfrentamiento. Y sí, eso no son efectos de ordenador, realmente voltearon un camión en esta misma calle. Impresionante.


Cuando intenté ir de LaSalle Street a Millenium Park me topé de bruces con algo inesperado: el desfile de Memorial Day, la fecha en la que se honra a los caídos en la guerra. Como tampoco podía cruzar la calle, me quedé a verlo casi entero: la verdad es que nunca había visto nada igual. Durante la hora que estuve viendo el desfile tuve sentimientos encontrados y se me pasaron por la cabeza muchas reflexiones sobre el tema del patriotismo, las diferencias culturales, las ventajas y desventajas de esta mentalidad tan distinta… Pero afortunadamente (para vosotros que no tendréis que leer mis parrafadas eternas y para mí que me libro de meterme en esos temas tan polémicos), ya dije que esto iba a ser solo una colección de fotos comentadas.


Bandera gigantesca de Estados Unidos. Lo dicho, esto parece otro mundo.


Justo cuando estaba grabando esto se me acabó la memoria del móvil, pero es una lástima no tenerlo entero. Guste o no la idea del himno, la verdad es que era imposible no emocionarse con la voz de esta cantante (otra lástima no haberme quedado con el nombre). Piel de gallina.


Y aquí una visita relámpago (para no perder el tren) a la biblioteca pública, que me he quedado con ganas de investigar más a fondo, pero al menos me quedé con esta cita de Víctor Hugo: «Una biblioteca implica un acto de fe por parte de generaciones que, incluso en la más profunda oscuridad, pudieron construir durante su noche un testimonio de la aurora».

Bueno, y hasta aquí el reportaje fotográfico de mis primeras impresiones de Chicago. Como os digo, me gustaría haber contado más cosas, pero de momento creo que con esto está bien (o al menos es mejor que nada). Ya habrá tiempo para otras parrafadas largas en lo que queda de viaje.

¡Hasta la próxima!


P. D. La cita que he puesto al principio de esta entrada es de un libro de poemas sobre Chicago que me compré al salir de Sears Tower, y la traducción es: «Venid y mostradme otra ciudad que levante la cabeza cantando con tanto orgullo de estar viva y de ser áspera, fuerte y astuta».

domingo, 22 de mayo de 2016

La historia del ripstik: Una lección de valentía

A todos nos encanta instruir, aunque solo podemos enseñar aquello que no vale la pena saber.
Orgullo y prejuicio, Jane Austen

Los días en Wheaton transcurren tranquilos, pero al mismo tiempo son un no parar. A ver cómo explico eso. La rutina es tranquila en cuanto a la ausencia de presiones, de deadlines, de las actividades que podrían llenar mi agenda en Madrid (aunque, siendo francos, en estos últimos meses he pisado poco Madrid como para que me diera tiempo a estresarme con nada). Pero al mismo tiempo, la actividad aquí es constante: casi siempre hay cosas que hacer, juegos que jugar, piececitos que calzar antes de salir a la calle, almuerzos que preparar y cuentos que leer. Y la verdad es que me encanta, a pesar de que (o quizá porque) es un tipo de actividad muy diferente a lo que estoy acostumbrada. Esto es algo que debería saber por experiencia, habiendo crecido en una familia de siete, pero creo que ahora estoy empezando a comprender lo intenso que puede ser algo tan «simple» como el día a día en una casa. En cualquier caso, las tres semanas que llevo aquí se me han pasado en un suspiro.

Un lugar al que he ido en un par de ocasiones con Natán y Olivia es un skate-park cerca de casa. Viene a cuento mencionarlo porque aquí es donde, sin yo saberlo, me enfrentaría a uno de los retos de mi aventura americana, y no uno de los retos que ya anticipaba antes de venir, como reprimir mi inglés o cocinar sin Thermomix (retos que seguramente mencionaré en futuras entradas). No, este desafío era nuevo para mí y estaba representado por un objeto que, en lo que a mí respecta, podrían haber olvidado los extraterrestres tras una visita al planeta azul. Su nombre: ripstik.



Si sois como yo, esta es la primera vez que veis u oís hablar de este chisme. Probablemente no, porque me consta que varios de mis lectores tienen alguna idea sobre todos estos derivados del monopatín, pero a mí esta cosa con dos ruedas y tabla dividida en dos partes móviles me dio mal rollo desde el minuto uno. No creo que sea un secreto para nadie que en general tengo mala relación con cualquier aparato con ruedas (salvo la bici), razón por la cual sigo sin carné de conducir y si me ofrecéis subirme a una moto recibiréis un cortés EHNONIDEBROMA. Me gusta admirar de lejos a los que sí saben hacerlo, eso sí, por eso me lo pasé muy bien viendo a Natán ir calle arriba, calle abajo, derecha, izquierda, con una soltura sorprendente. ¿El único problema? Natán estaba empeñado en enseñarme a manejarlo.

Claro, una tampoco quiere ser aguafiestas, así que al principio sonreí condescendiente, hice un poco el paripé, me subí en el ripstik y anduve tres metros por la calle agarrada de las manos de mi maestro particular antes de saltar. «Muy bien, ahora con una mano». Em… vale. Dos metros. «Lo estás haciendo bien, pero tienes que estar recta y mover la pierna para avanzar». ¿Avanzar? Si yo lo único que intentaba era no caerme… «¿Quieres probarlo en la calle?». ¿En la calle? ¡¿Cuesta abajo?! La fe que Natán estaba depositando en mí empezaba a conmoverme tanto como a inquietarme, así que decliné enseguida la oferta. Él igualmente estaba contento, y dijo que lo había hecho muy bien para ser el primer día. Yo sonreí, pero añadí mentalmente «primero y último».

La segunda vez que fuimos al skate-park, yo iba con un monopatín que me prestaron los niños y con el que estuve haciendo… teatro, básicamente. En esas estaba, dando vueltas por el parque con el pie más tiempo en el suelo que en la tabla, cuando Natán se me acercó y me preguntó si quería volver a probar el ripstik. «Hoy quizás consigues ir sola», me dijo. A esas alturas casi me daba más pena dejar que siguiera engañándose, y por muy adorable que me pareciera ver a este niño tan confiado en su certeza de enseñar a manejar el ripstik a una mujer de veinticinco años y más de setenta kilos, pensé que tenía que explicarle algunas realidades sobre la vida. Mis engranajes mentales crearon todo un discurso en pocos segundos: que si la ley de la gravedad, que si era imposible que yo hiciese lo mismo que él sin haber practicado desde pequeña, que si hay personas que nacen con unas habilidades y otras que no, que si esto, que si lo otro, que si imposible. Podría haber soltado todo ese discurso en aquel instante, parecía lo más adecuado para simplificar las cosas, pero no lo hice; una vez más, la ilusión de mi pequeño entrenador pudo conmigo. Bueno, pensé, lo intento una vez y cuando él vea por sí mismo que no puedo hacerlo empiezo con mi discursito.

Así pues, volví a subirme en el ripstik. Y tras unos pocos intentos semejantes a los del primer día… esto sucedió:



Vale, tengo la misma elegancia de movimientos que un pato cojo, pero el caso es que anduve en el ripstik. Sola. Durante casi treinta segundos, hasta el final del parque. Y después de eso incluso conseguí aprender a girar para que ese límite no fuera un problema, hasta el punto de poder andar durante más de un minuto y bajarme cuando yo quería, y no cuando mis pies perdían el equilibrio. ¿Esto estaba pasando de verdad? Es una tontería, sí, pero el caso es que aquel logro me hizo tanta ilusión que me animé a seguir probando y hasta conseguí subirme al ripstik sin ayuda. Los niños me animaban un montón, y al final del día Natán me dijo: «Estoy muy proud of you, ¡lo has conseguido!».

Yo en ese momento también me sentía bastante orgullosa, para qué negarlo, pero cuando empecé a repasar esta anécdota en mi cabeza me di cuenta de algo. Ya estaba pensando en escribirla aquí como una de esas clásicas historias americanas de lucha y victoria, con una moraleja como «persevera y triunfarás», o «a veces solo necesitas que alguien crea en ti», algo en esa tónica. Pero no podía. Algo no me cuadraba, y tardé varios días en descubrir qué era, cuál era el elemento de esta historia que no me dejaba atribuirle ese espíritu triunfante, hasta que al final di con él. Era ese discursito que había formado en mi cabeza y no había llegado a soltar. El discurso en el que yo iba a «explicar las realidades de la vida».

Vaya manera de quedar en ridículo.

Esta no es una de esas historias deportivas sobre vencer a las circunstancias, sino el relato de una lección que yo tenía que aprender. No se trataba de perseverancia: esos logros los conseguí en una tarde. No se trataba de que alguien creyera en mí: Natán ya me había dado su confianza desde el principio, era yo quien no se la había tomado en serio. No, la gran pregunta que me surge al reflexionar sobre esto es: ¿por qué me di tanta prisa (al menos mentalmente) en decir que no?

Puede que parezca una tontería hablando de un ripstik, pero la anécdota me dio para pensar, y tengo que admitir que acostumbro a reaccionar así con demasiada frecuencia. Cada vez que me enfrento a un desafío primero digo «no puedo», luego me pongo a evaluar los porqués, y a lo mejor llego a la conclusión de «anda, mira, pues a lo mejor sí puedo». Quizá me doy cuenta de que no tengo mucho que perder, quizá descubro que ese reto no me exige alejarme demasiado de mi zona cómoda, así que bueno, vale, por qué no. Pero los verdaderos desafíos, los que requieren valentía… no, esos déjaselos a los que pueden.

«¿Y tú por qué no puedes?».

«¡Porque me podría caer!».

«Sin duda, pero también podrías mantenerte en pie».

«Quita, quita, mejor que lo hagan los que saben. Yo no estoy hecha para eso».

«¿Te crees que “los que saben”, como tú dices, no se caen nunca?».

«Sí, pero no es lo mismo. A mí no me sale, no tengo habilidad».

«Te veo muy convencida para hablar de algo que no has intentado en tu vida».

Es raro, porque mis argumentos mentales para no subirme al ripstik me recuerdan mucho, entre otras cosas, a los que intenté esgrimir cuando me planteé por primera vez la posibilidad de venir a Estados Unidos. Quería, pero pensaba lo mismo: que no podía. ¿Por qué? Esto… Insértese sonido de grillos y silencio desconcertado.

No quiero decir con esto que no haya ningún motivo para asustarse ante los retos. Creedme, el riesgo es muy real. De hecho, en el caso del ripstik lo comprobé muy pronto, cuando me dejé llevar por el entusiasmo e intenté una maniobra que me hizo caer cuan larga era en la calle, delante de unos vecinos que se asustaron y me preguntaron si estaba bien, los pobres. Pero esa es la gracia: que hay riesgos, que hay que superar obstáculos, que hay que intentarlo todas las veces que haga falta, porque como me dijo hace tiempo mi hermano, la magia ocurre fuera de nuestra zona de confort. Y oh, sorpresa, para salir de ahí hay que dar un paso que no darías normalmente. A veces eso implica levantar el pie del suelo para subirse a un objeto de dos ruedas con aspecto alienígena. Otras veces implica subirse a un avión y viajar al otro lado del mundo. En cualquier caso, es un paso que requiere valentía, pero vale muchísimo la pena.

Y para aprender esa lección de valentía, a veces conviene callarse un poquito las ganas de impartir sabiduría y, en vez de eso, hacerles caso a las personas que quieren sacarte de tu zona de confort. Como mi pequeño entrenador de ripstik.

sábado, 14 de mayo de 2016

La historia del viaje sorpresa: Tres días en una postal

Debo aprender a soportar ser más feliz de lo que me merezco.
Persuasión, Jane Austen

No exageraba cuando escribí mi última entrada, en cuanto a lo difícil que seguía siendo acomodar mi mente a la realidad de estar en otro país. Supongo que tenía mucho que procesar, sobre todo después de esa llegada tan poco problemática (je). Pero como dije, las aguas ya estaban mucho más tranquilas, y poco a poco mi mente empezó a asimilar sin problemas la idea de que estaba en Chicago. Es decir, hasta que el domingo por la mañana me desperté en un hotel en Miami.

«Espera, ¿qué?».

Así es: pocos días después de llegar yo, Isra y Karisa organizaron un viaje sorpresa para ir tres días a Florida. Para mí fue una sorpresa porque me enteré esa misma semana, pero fue aún más divertido con los niños, que se enteraron el mismo día del viaje. En plan: recoged vuestras cosas, que en hora y media nos vamos al aeropuerto. La casa se llenó de exclamaciones de are you serious? y we’re going to the beach! en cuestión de segundos, y poco después, maletas y bolsos en mano, estábamos en camino.



Creo que la única forma de describir este viaje es… tres días dentro de una postal. Es decir, ¿recordáis Mary Poppins, cuando los personajes saltan a unos cuadros dibujados en la acera y pasan la tarde en un mundo claramente irreal? Bueno, imaginaos hacer eso, pero con una postal, una foto de una revista o una película. Esas cosas que ves desde tu casa y piensas: ya, sí, supongo que eso existe en alguna dimensión. Pero de repente caí en la cuenta de que yo estaba ahí, pisando la misma arena, bañándome en el mismo mar de color azul radioactivo y quemándome cual perfecta guiri con el mismo sol. Pensé: «¿Esto es real? Porque si no, a mí que no me despierten». Y, maravillosamente, no me desperté.

Han sido tres días llenos de buenos momentos: recoger conchas y enfrentarme a las olas con Olivia (diría que nos ganaron las olas), nadar con Iria en la piscina tratando de alcanzar el flotador, descansar con Anniah junto al mar, ver películas con Natán por la noche, charlar con Isra y Karisa… En el viaje de vuelta, cuando Iria se pasó la mitad del trayecto en coche cantando if you’re happy and you know it clap your hands, me faltaban manos para expresar mi alegría y mi gratitud. Creo que puedo decir que, al menos por ahora, la tensión de los primeros días se ha ido. Y aunque a ratos todavía miro a mi alrededor y tengo que repetirme eso de «que sí, pesada, que estás en Estados Unidos, mentalízate de una vez», esta sensación ya no se debe a la inseguridad ni al miedo, sino al entusiasmo y a lo agradecida que estoy, segundo tras segundo, de poder vivir esta experiencia.


viernes, 6 de mayo de 2016

La historia de la llegada: Sí, Abi, estás en Estados Unidos

Aquí no miramos atrás durante mucho tiempo. Seguimos yendo hacia adelante, abriendo nuevas puertas y haciendo cosas nuevas, porque somos curiosos… y la curiosidad sigue llevándonos por nuevos caminos.
Walt Disney

En mi primera entrada comenté que me estaba resultando muy difícil mentalizarme y hacerme a la idea de que estaba a dos días de embarcarme en la aventura americana. Hace una semana que estoy en Chicago, así que ya debería ser hora de ir cayendo en la cuenta, pero no voy a mentir: aún tengo que repetirme cien veces al día la frase que da título a esta entrada. Incluso ahora, mientras escribo esto contemplando unas vistas que desde luego no tienen nada de españolas, las palabras «estoy en Estados Unidos» siguen sonándome raras.



Los días han pasado muy rápido, y una parte de mí aún no se ha recuperado del todo del impacto de poner pie por primera vez en este país. Claro que, para ser justos, la experiencia de la llegada fue… inolvidable, supongo, en el mal sentido. Después de un trayecto de siete horas en avión que aproveché para ver las películas El lado bueno de las cosas y Chicago (muy apropiada para la ocasión), llegué al aeropuerto de Newark con un desfase horario importante, unos nervios difíciles de calmar y una vocecilla insoportable en mi cabeza que me acompañaba desde España y repetía: «¿qué haces aquí?». Esa vocecilla era el peor acompañante que podía tener durante el momento de las preguntas de control, un momento en el que es importante mostrar seguridad. Yo, seguridad. Con mis nervios y mi cartel de «quéhagoyoaquí» en la frente.

Supongo que el señor al que le di mi pasaporte no me vio muy convencida, porque después de fruncir el ceño durante un buen rato me acompañó a una sala abajo donde me hicieron un segundo interrogatorio. Las preguntas seguían y seguían sin parar, pidiéndome todos los detalles de mi estancia aquí y los motivos de mi viaje, de forma tan exhaustiva que me descolocaron y no supe contestar a algunas cosas. Sentí que los miedos que me habían acompañado desde Madrid me agarraban cada vez con más fuerza, y quizás alguno de ellos se metió en mi cabeza y me hizo olvidar la mitad de mi inglés, porque mis respuestas fueron tremendamente torpes. Estuve un buen rato sentada, esperando, orando en silencio. Pensé que me iban a mandar de vuelta a España, pero finalmente, tras muchas miradas graves y un millón de preguntas, sellaron mi pasaporte y me lo devolvieron. Podía pasar.

El resto del trayecto fue lo de menos; mi avión a Chicago se retrasó más de dos horas, pero estaba demasiado ocupada poniendo en orden mis ideas como para que me importase. La verdad es que mi aventura americana había empezado bastante mal, y tardaría varios días en recuperar la tranquilidad después de semejante mal trago. Y es que, seamos francos, cuando tomé la decisión de venir a Estados Unidos este tema de la llegada era probablemente mi mayor miedo. 

Bueno, eso y quizás también que mi experiencia como niñera acabase como este corto de Los Increíbles.



Je, me encanta. No, la verdad es que no había ningún motivo para temer esto último. Ninguno de los pequeños de Isra y Karisa ha trepado por las paredes ni estallado en llamas desde que estoy aquí, a menos que me hayan hecho un lavado de cerebro similar y lo haya olvidado. Todo lo contrario: Natán, Olivia, Iria y Anniah son, en efecto, bastante increíbles, pero en otro sentido. Son unos niños tan dulces, sonrientes, divertidos y cariñosos que cuesta creer que pertenezcan a este planeta, y de hecho creo que mi nuevo miedo irracional va a ser que cualquier día aparezca una nave dispuesta a llevárselos de vuelta a su galaxia, pero mientras eso no ocurra voy a disfrutar cada segundo de su compañía. Lo más emocionante es que, aunque yo he venido aquí para ayudarles a aprender español, también sé que ellos tienen mucho que enseñarme a mí, y eso sigue siendo un misterio que tengo muchas ganas de descubrir.

Tengo muchas cosas más que me gustaría contar sobre esta semana, pero creo que esta parrafada es suficiente para un primer capítulo. Ya habrá tiempo de hablar del aspecto de las calles de Wheaton, de los retos del bilingüismo, de los autobuses amarillos, de las ardillas que cruzan el porche, de comidas, de cuentos y de grandes diferencias culturales. Hoy no tengo más que decir que esto: sí, me vine de Madrid con muchos miedos, y algunos resultaron estar más justificados de lo que esperaba, pero después de estos primeros días aquí estoy empezando a sentir paz. Una parte de mí (la de la vocecilla insoportable) quiere volver una y otra vez al momento de la llegada, arreglarlo, decir «pues si hubieras dicho esto» y «si hubieras dicho lo otro», pero creo que ya basta de mirar atrás. Sea como sea, ahora estoy en Chicago. Hay muchas historias ahí adelante, y no puedo permitirme estar mirando a los errores del pasado cuando me cruce con alguna.