Aquí no miramos
atrás durante mucho tiempo. Seguimos yendo hacia adelante, abriendo nuevas
puertas y haciendo cosas nuevas, porque somos curiosos… y la curiosidad sigue
llevándonos por nuevos caminos.
Walt Disney
En
mi primera entrada comenté que me estaba resultando muy difícil mentalizarme y
hacerme a la idea de que estaba a dos días de embarcarme en la aventura
americana. Hace una semana que estoy en Chicago, así que ya debería ser hora de
ir cayendo en la cuenta, pero no voy a mentir: aún tengo que repetirme cien
veces al día la frase que da título a esta entrada. Incluso ahora, mientras
escribo esto contemplando unas vistas que desde luego no tienen nada de
españolas, las palabras «estoy en Estados Unidos» siguen sonándome raras.
Los
días han pasado muy rápido, y una parte de mí aún no se ha recuperado del todo
del impacto de poner pie por primera vez en este país. Claro que, para ser
justos, la experiencia de la llegada fue… inolvidable, supongo, en el mal
sentido. Después de un trayecto de siete horas en avión que aproveché para ver
las películas El lado bueno de las cosas y
Chicago (muy apropiada para la
ocasión), llegué al aeropuerto de Newark con un desfase horario importante,
unos nervios difíciles de calmar y una vocecilla insoportable en mi cabeza que
me acompañaba desde España y repetía: «¿qué haces aquí?». Esa vocecilla era el
peor acompañante que podía tener durante el momento de las preguntas de
control, un momento en el que es importante mostrar seguridad. Yo, seguridad.
Con mis nervios y mi cartel de «quéhagoyoaquí» en la frente.
Supongo
que el señor al que le di mi pasaporte no me vio muy convencida, porque después
de fruncir el ceño durante un buen rato me acompañó a una sala abajo donde me
hicieron un segundo interrogatorio. Las preguntas seguían y seguían sin parar,
pidiéndome todos los detalles de mi estancia aquí y los motivos de mi viaje, de
forma tan exhaustiva que me descolocaron y no supe contestar a algunas cosas.
Sentí que los miedos que me habían acompañado desde Madrid me agarraban cada
vez con más fuerza, y quizás alguno de ellos se metió en mi cabeza y me hizo
olvidar la mitad de mi inglés, porque mis respuestas fueron tremendamente
torpes. Estuve un buen rato sentada, esperando, orando en silencio. Pensé que
me iban a mandar de vuelta a España, pero finalmente, tras muchas miradas
graves y un millón de preguntas, sellaron mi pasaporte y me lo devolvieron. Podía
pasar.
El
resto del trayecto fue lo de menos; mi avión a Chicago se retrasó más de dos
horas, pero estaba demasiado ocupada poniendo en orden mis ideas como para que
me importase. La verdad es que mi aventura americana había empezado bastante mal, y tardaría varios días en recuperar la tranquilidad después de
semejante mal trago. Y es que, seamos francos, cuando tomé la decisión de venir
a Estados Unidos este tema de la llegada era probablemente mi mayor miedo.
Bueno, eso y quizás también que mi experiencia como niñera acabase como este corto de Los Increíbles.
Bueno, eso y quizás también que mi experiencia como niñera acabase como este corto de Los Increíbles.
Je, me encanta. No, la verdad es que no había ningún motivo para temer esto último. Ninguno de los pequeños de Isra
y Karisa ha trepado por las paredes ni estallado en llamas desde que estoy
aquí, a menos que me hayan hecho un lavado de cerebro similar y lo haya
olvidado. Todo lo contrario: Natán, Olivia, Iria y Anniah son, en efecto,
bastante increíbles, pero en otro sentido. Son unos niños tan dulces,
sonrientes, divertidos y cariñosos que cuesta creer que pertenezcan a este
planeta, y de hecho creo que mi nuevo miedo irracional va a ser que cualquier
día aparezca una nave dispuesta a llevárselos de vuelta a su galaxia, pero
mientras eso no ocurra voy a disfrutar cada segundo de su compañía. Lo más
emocionante es que, aunque yo he venido aquí para ayudarles a aprender español,
también sé que ellos tienen mucho que enseñarme a mí, y eso sigue siendo un
misterio que tengo muchas ganas de descubrir.
Tengo
muchas cosas más que me gustaría contar sobre esta semana, pero creo que esta
parrafada es suficiente para un primer capítulo. Ya habrá tiempo de hablar del
aspecto de las calles de Wheaton, de los retos del bilingüismo, de los
autobuses amarillos, de las ardillas que cruzan el porche, de comidas, de
cuentos y de grandes diferencias culturales. Hoy no tengo más que decir que
esto: sí, me vine de Madrid con muchos miedos, y algunos resultaron estar más justificados de lo que esperaba, pero después de estos primeros días aquí estoy
empezando a sentir paz. Una parte de mí (la de la vocecilla insoportable)
quiere volver una y otra vez al momento de la llegada, arreglarlo, decir «pues
si hubieras dicho esto» y «si hubieras dicho lo otro», pero creo que ya basta
de mirar atrás. Sea como sea, ahora estoy en Chicago. Hay muchas historias ahí
adelante, y no puedo permitirme estar mirando a los errores del pasado cuando
me cruce con alguna.

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