viernes, 29 de julio de 2016

Epílogo: Hasta la vista, Chicago

It’s ok to feel sad sometimes.
Little by little, you’ll feel better again.

Daniel Tiger

Miro el calendario y caigo en la cuenta de que hace dos semanas que volví de Estados Unidos. Y, en cierto modo, escribir un epílogo a estas alturas parece un poco fuera de lugar. Han pasado muchos días. Parece que no he tardado mucho en volver a acostumbrarme a mi rutina española: el idioma, los horarios de las comidas, la forma de moverme por la ciudad, el trato con la gente… Mi realidad, en resumen. Para ser honesta, me resulta difícil creer que hace menos de un mes estuviese comiendo bagels mientras veía el desfile del 4 de julio, y más difícil aún me resulta escribir sobre ello. Sin embargo, después de todo lo que he vivido no puedo dejar esta historia inconclusa; por lo menos, tengo que intentarlo.

Sé que habría muchas maneras de cerrar esto in crescendo, con una nota de optimismo y alegría. Al fin y al cabo, cada vez que miro las fotos de mi aventura chicagüense (en serio, suena mal cada vez que lo digo, ¿por qué permitimos que semejantes gentilicios se cuelen en nuestro idioma?, en fin, perdón por interrumpir) me asombra lo afortunada que soy y doy gracias a Dios por permitirme vivir esta experiencia. Podría hablar de lo mucho que he aprendido, crecido y disfrutado en estos tres meses. Podría describir mi gratitud y mi felicidad. Podría, sí, pero… este blog tiene otras siete entradas en las que hablo de ello. No es de eso de lo que quiero hablar en este epílogo. Quiero hablaros de un tema un poco más agridulce que me ha acompañado casi toda la vida, pero que este año ha estado especialmente presente.

Las despedidas.

Os cuento una anécdota. Una mañana en Wheaton, más o menos a principios de junio, me desperté con una vocecita muy cercana diciendo «Abiiii». Abrí los ojos y me encontré con Iria, que me miraba con sus grandes ojos castaños.

–Hola, Iria –dije, con mi voz de por las mañanas (que es un poco sepulcral, pero por suerte ella no se asustó). La pequeña se quedó un momento mirándome y al final volvió a decir:

–Abiiiii…

–Dime, corazón.

Ella se miró la camiseta de pijama, que era violeta y con el clásico I HEART U escrito en letras grandes. Se le iluminó la mirada y me dijo:

–¡Abiiii! Look! This is morado!

–¡Lo sé! Es muy bonita –respondí, sonriendo.

But Abi, look! –y fue señalando las letras de la camiseta a la vez que decía–: I… «iove»… –entonces me miró con una de sus sonrisas enormes, me señaló con el dedo y exclamó–: … YOU!

Fue en ese momento que escuché una vocecilla en mi cabeza con la que ya estoy bastante familiarizada. Una voz que me dijo: «Para. Ten cuidado. Te estás encariñando demasiado con estos niños, y cuando tengas que decirles adiós te va a doler. Pon una barrera alrededor de tu corazón. Protégete. Crea un poco de distancia; no mucha, pero sí la suficiente para que no te haga daño». Aunque fuera a un nivel un poco subconsciente, me di cuenta en ese instante de que iba a tener que tomar una decisión.

Y la tomé.

Hoy, volviendo la vista atrás, recuerdo este momento y puedo decir que aquella irritante voz en mi cabeza tenía razón en una cosa: me duele. Pero ¿sabéis?, me alegro mucho de no haberle hecho caso. Si lo hubiera hecho, quizá este epílogo tendría un tono más alegre, pero la historia no habría valido tanto la pena.

Una de las lecciones más importantes que he aprendido este año se resume en una palabra: entrega. Hace menos de un año creía saber lo que significaba eso: entregar tu tiempo, tu dinero, tu servicio, tus talentos… Pero ahora veo que, aunque todo eso tiene mucho valor, no es más que el principio. Una persona entregada es la que se entrega a sí misma. Es aquella que no entrega solo lo que tiene, sino también lo que es: su personalidad, sus sueños, sus miedos, sus emociones y su historia. Entregar significa bajar las defensas y ponerse en una posición vulnerable, y sí, cuando haces eso dejas paso al dolor. Pero también a una forma de amar mucho más profunda.

No creo que pueda identificarme, al menos de momento, con el tipo de persona que acabo de describir. Me contento con saber que puedo llegar a serlo algún día. Pero sí puedo decir que he intentado que esa fuera mi actitud a la hora de vivir mi aventura americana. He procurado que mi temor a las despedidas no me impidiera aprovechar al máximo cada maravilloso momento que he vivido con Isra, Karisa, Natán, Olivia, Iria y Anniah. Y ahora, en España, a un océano de distancia y con las vocecillas de los pequeños aún resonando en mi cabeza, puedo decir que no me arrepiento de esa decisión.

Con esto me despido de la ciudad del viento, las banderas tachonadas de estrellas, las ardillas, los cereales nocturnos, los duelos de cosquillas, las canciones de Daniel Tiger, los puzles en el porche y las otras mil cosas que voy a echar de menos. Me toca ponerle punto final a este epílogo y decir adiós Lo digo con gratitud, y también con tristeza, pero sobre todo lo digo con paz, sabiendo que «las muchas aguas no podrán apagar el amor» (Cantares 8:7). Y sabiendo también que mi corazón se ha hecho un poquito más grande gracias a las personas y personitas con las que he compartido este verano.


¡Hasta la vista, Chicago!


jueves, 7 de julio de 2016

La historia de las nuevas experiencias: La casa del lago y el 4 de julio

Dicen que cada copo de nieve es diferente. Si eso fuera cierto, ¿cómo podría el mundo seguir adelante? ¿Cómo podríamos volver a levantarnos de nuestras rodillas? ¿Cómo podríamos recuperarnos del asombro?
La pasión, Jeanette Winterson

Recuerdo un par de momentos en mi vida en que me ha invadido un sentimiento similar al que tan bien expresa Jeanette Winterson con estas palabras, y por el motivo que sea, esos momentos siempre han tenido lugar delante de una vasta extensión de agua. De modo que no me extrañó mucho volver a sentir lo mismo en la casa del lago de Wisconsin, donde la semana pasada tuve la oportunidad de pasar dos días con la familia de Isra y Karisa. Sentada en el muelle al atardecer, en silencio, contemplando la puesta de sol más preciosa que he visto en mi vida, me sentí invadida por esa misma mezcla de maravilla, emoción e incomprensión, preguntándome cómo es posible que exista tanta belleza en el mundo y que sin embargo la vida siga adelante. Cómo es posible que, una y otra vez, nos acostumbremos a ello. Cómo es posible que estuviera mojando mis pies en el agua, en un lugar tan idílico, a casi siete mil kilómetros de mi casa, sin desmayarme ahí mismo.


Me he puesto un poco melancólica, quizás porque mientras escribo esto soy consciente de que me queda solo una semana para volver a España. Pero es cierto que he vivido unos momentos muy especiales, y seguramente irrepetibles, en esos dos días en Wisconsin. La casa donde la familia de Isra y Karisa suele pasar sus vacaciones está a la orilla de un lago precioso, y no exagero al decir que parece uno de esos rincones que solo existen en los cuentos. He tenido la oportunidad de jugar y nadar con los niños, de dar paseos en lancha y de dejarme arrastrar por la lancha en un flotador enorme hasta que la velocidad me tiró al agua; he comido cenas riquísimas, he jugado al UNO y a las pistolas con balas de esponja, he contado cuentos y he visto una película sobre una canguro que se pierde de noche por Chicago con los niños que tiene que cuidar (¡ideal para mí!). Pero, sobre todo, he disfrutado de la compañía de una familia preciosa, cuya bondad y generosidad me siguen sorprendiendo cada día.

Y podría decir lo mismo de la segunda experiencia que quiero describir aquí: encontrarme en Estados Unidos durante, probablemente, el día más americano del año. Este lunes he podido ser testigo directo de las celebraciones del 4 de julio, la conmemoración del día en que se firmó de Declaración de Independencia de Estados Unidos hace doscientos cuarenta años, y ha sido realmente emocionante. Los festejos empezaron la noche anterior en casa de los padres de Karisa, comiendo los tradicionales s’mores alrededor de una hoguera (s’more = malvavisco tostado con chocolate y galletas) y subiendo a una colina para ver los fuegos artificiales.





Al día siguiente todos fuimos a ver el desfile del 4 de julio desde el jardín de los primos de Karisa, que nos invitaron a un desayuno increíble formado por donuts, galletas, café, etc. El desfile fue muy vistoso y hubo de todo: animadoras, bandas de música, gente disfrazada de figuras históricas (o de vacas, en el caso del restaurante Chick-fil-A), los sectores políticos de turno… y, sobre todo, banderas americanas por todas partes. Miraras donde miraras encontrarías los colores rojo, azul y blanco; no solo en las banderas del desfile, sino también en la ropa de la gente o en creativos adornos como el que encontramos más tarde en la mesa de la comida.




Una pregunta interesante que me hicieron un par de personas por separado fue: ¿cuál es el equivalente de esta celebración en España? Creo que contesté con la verdad en la mano al decir que en mi país no hay nada parecido a esto, en parte porque es evidente que no compartimos la misma historia que los estadounidenses y también porque… bueno, porque son culturas distintas y sería como comparar el tocino con la velocidad. No creo que llegue a haber una celebración semejante en España, y tampoco digo que deba haberla necesariamente, pero me alegro de haber tenido la oportunidad de vivirla aquí.




Me gustaría hablar un poco más de mis últimas aventuras americanas, pero al mismo tiempo sé que los minutos del reloj siguen pasando y que el tiempo que invierto en escribir sobre mis experiencias es tiempo que pierdo de simplemente vivirlas. Por eso, y porque tengo otros proyectos en los que quiero trabajar antes de irme, creo que esta será mi última actualización desde este lado del charco. El próximo episodio, o más bien el epílogo de este blog, lo escribiré ya desde España.

Tic-tac, tic-tac

domingo, 26 de junio de 2016

La historia de los superpoderes: Donde todo puede suceder

En el mundo del sinsentido es donde se crean las grandes historias, donde [los niños] nadan a diario, porque se trata de otra dimensión donde la imaginación todo lo hace posible.
La nueva educación: Los retos y desafíos de un maestro de hoy, César Bona

La mayoría de vosotros no sabéis esto sobre mí, pero creo que este blog es una buena oportunidad para quitarme de encima este secreto: tengo la capacidad de mover objetos con la mente. Sí, como Matilda, solo que menos adorable. Sé que esto os chocará, y muchos os preguntaréis por qué nunca os he contado algo tan importante, pero espero que comprendáis mi inquietud: si algo me ha enseñado X-Men es que el mundo no está preparado para los que son como yo. Por cierto, quiero aprovechar para pediros disculpas si alguna vez, estando conmigo, se os ha caído algo de forma abrupta o habéis tenido algún problema de equilibrio inesperado; probablemente haya sido culpa mía. Todavía no controlo muy bien mis habilidades, y a veces provoco accidentes sin querer.

Poco podía imaginarme cuando vine aquí que tengo mucho en común con Natán, Olivia e Iria en ese sentido. Todo comenzó el otro día, cuando estábamos intentando escapar de una fortaleza y derribar sus cuatro torres principales sin pisar toda la hiedra venenosa que crecía alrededor de las murallas, de modo que pudiéramos vencer a un monstruo terrible y a sus secuaces. ¿Qué? ¿Vosotros no hacéis eso en vuestro tiempo libre? En fin, a lo que iba es esto: yo sabía que no íbamos a poder atravesar la hiedra venenosa a menos que desvelara mi secreto, pero no estaba segura. ¿Qué iban a decir los niños? ¿Y si Iria se asustaba? ¿Y si no conseguía controlar mis poderes y les hacía daño? Siempre había pensado que solo lo revelaría si me veía obligada por unas circunstancias extremas, y aunque esto se acercaba bastante a lo que tenía en mente, todavía le faltaba una explosión.



De repente, cuando aún no había resuelto mi dilema, el pasillo que cruzábamos en ese momento se llenó de guardias armados hasta los dientes. Lo que nos faltaba, ¿y ahora qué? Ya casi había decidido lanzarme a la desesperada con el poco taekwondo que recordaba de mi hermano cuando me di cuenta de que las manos de Natán se ponían rojas. No me dio tiempo ni a preocuparme antes de que, delante de mis ojos, una se cubriera de fuego y otra de hielo. «Watch out!» exclamó, antes de unirlas en un rayo fulminante que derribó al capitán de los guardias en menos de dos segundos. El suelo tembló y yo caí al suelo, no sé si por el temblor o por la perplejidad, y de pronto vi que Olivia se acercaba a otro de los guardias mirándolo fijamente a los ojos. «Oh, no» pensé, e intenté detenerla antes de que le hicieran daño. Pero entonces los ojos de Olivia empezaron a girar como pequeñas ruedas, y el guardia se quedó parado en el sitio. Ella le dijo sin inmutarse:

–Ahora eres una gallina.

Y dicho y hecho, el guardia empezó a cacarear y a mover los codos de una forma muy cómica por todo el pasillo. Poco a poco, Olivia fue hipnotizando a los guardias que trataban de atraparla, mientras que aquellos que intentaban no mirarla a los ojos o escapar caían víctimas del poderoso rayo de Natán. En menos de veinte segundos, todos estaban inconscientes o cacareando.

–¡Corred! –gritó Natán, y a pesar de mi estupor conseguí serenarme lo suficiente para darle la mano a Iria y cruzar el pasillo a toda velocidad. No sabíamos dónde estaba la salida, así que nos dedicamos a abrir todas las puertas que vimos hasta que encontramos una escalera de caracol que, supusimos, nos llevaría a la torre que debíamos derribar. Tampoco teníamos otra opción, así que empezamos a subir. Entonces nos encontramos con otro problema: la escalera estaba oscura como la boca del lobo, lo cual asustaba mucho a Iria (y a mí también, seamos honestos, aunque me callé por no empeorar las cosas).

–No te preocupes, Iria, yo lo arreglaré –dijo Natán, y al instante su mano volvió a cubrirse de fuego. Eso casi me asustaba más que la oscuridad, pero bueno, lo cierto es que funcionaba a las mil maravillas como linterna.

Subimos los escalones durante un par de minutos en silencio, escuchando atentamente para asegurarnos de que no nos seguían. Al final yo decidí romper la atmósfera con mi inevitable pregunta.

–Chicos, ¿hay algo que queráis contarme?

Natán me miró con cara de no entender, y yo señalé con la barbilla su mano en llamas.

–¿Esto? Oh, sí –dijo, sin darle mucha importancia–. Puedo disparar rays de hielo y fuego por las manos, y combinarlos para lanzar ice rocks.

–Ah… –balbuceé yo.

–¡Y yo puedo hypnotize a los malos! –dijo Olivia–. Oh, y también puedo turn invisible. Es muy bueno para distraerlos.

–Seguro que sí –atiné a decir yo. Porque, la verdad, ¿qué otra cosa se puede responder a eso?

Ok, guys –dijo Natán cuando llegamos arriba–, puedo derribar el torre, pero necesitaremos una forma de get down sin pisar el suelo. Any ideas?

Yo me asomé a una de las ventanas y observé la hiedra venenosa que rodeaba la fortaleza. Pensé durante unos segundos. Entonces me di la vuelta y pregunté:

–Para derribar la torre con tus poderes, ¿tendrás que provocar una especie de explosión?

–Sí.

–Ok, me vale –decidí–. Escuchad, tengo una forma de quitar la hiedra de nuestro camino, pero tendremos que bajar rápido, antes de que la explosión nos alcance.

–¡Hecho! –exclamaron Natán y Olivia. Así pues, él empezó a prepararse y levantó las manos cubiertas por fuego y hielo. Olivia y yo salimos por la ventana y empezamos a descender con cuidado, yo con Iria colgada al cuello e intentando pisar donde sobresalían las piedras de la pared. Cuando estuvimos lo bastante cerca del suelo, reuní toda la concentración posible (lo cual fue difícil en esas circunstancias) y, poco a poco, fui apartando la hiedra sin tocarla, creando un sendero por donde podíamos pasar. De pronto se oyó un estruendo y, al mirar arriba, vimos el techo de la torre volar en pedazos. Natán saltó por la ventana y se agarró a la pared, gritando:

–¡Rápido! ¡Tenemos ten seconds antes de que se caiga!

No necesitó decirlo dos veces: cuando llegamos a tierra firme corrimos a toda velocidad por el improvisado sendero mientras yo sudaba del esfuerzo que estaba haciendo para mantener la hiedra venenosa fuera de nuestro camino. Alguna vez había practicado el control de mis habilidades en mi habitación, con libros y cosas así, pero hacerlo en tal situación de estrés era muy, muy diferente. Temí que no lo consiguiéramos, pero en el último segundo, cuando la torre empezaba a desmoronarse, llegamos al final del foso. Sin embargo, cometí un error: relajé mi concentración unos segundos antes de lo que debía y, justo antes de llegar, la hiedra se cerró alrededor de mi tobillo.

–¡Ay! –grité, y tiré con fuerza, logrando sacar el pie y rodar por el suelo antes de que la torre cayera sobre Iria y sobre mí. Durante unos segundos el ruido fue ensordecedor, y después, súbitamente, todo se quedó en silencio.

–¿Estáis bien? –exclamó Olivia, una vez pasado el shock.

Yo miré mi pie, pero apenas vi nada porque todo me daba vueltas y la vista se me había empezado a nublar. Entonces oí la voz de Natán, que sonaba como si viniera de muy lejos.

Iria, sing your song to Abi!

Come on, Iria! –dijo Olivia–. Sing!

«¿Qué?» quise preguntar, pero creo que solo me salió una especie de «waaaaaa». De pronto sentí la manita de Iria sobre mi tobillo y escuché su voz cantando:

Grown-ups come back… grown-ups come back…

Al principio solo lo oí como una especie de eco, pero poco a poco el sonido de aquella canción se fue aclarando, al igual que mi vista y mi cabeza. Cuando volví en mí, los tres me miraban con rostros sonrientes. Me levanté despacio y dije:

–Algo se os olvidó contarme, ¿no creéis?

–¿Y tú puedes mover las cosas sin tocarlas? –preguntó Olivia con los ojos muy abiertos.

Sonreí e incliné la cabeza.

–Es cierto. Supongo que ahora estamos en paz –dije, acariciando el pelo de Iria–. Bueno, ¿vamos a por la siguiente torre?

Y allá fuimos, pero esa es una historia para otro día. Solo quería contaros esto para que comprendáis por qué he estado muy ocupada y no he tenido mucho tiempo para actualizar el blog.

Obviamente.

martes, 31 de mayo de 2016

La historia de la Ciudad de los Vientos: Imágenes de dos paseos por Chicago

Come and show me another city with lifted head singing so proud to be alive and coarse and strong and cunning.
Chicago Poems, Carl Sandburg

El título de esta entrada en principio iba a ser Mi primer paseo por Chicago, pero soy tan lenta con mis actualizaciones que en lo que he tardado en sentarme a escribir ya he vivido mi segundo paseo, así que he pensado que es mejor unir ambos en un capítulo, no sea que me vuelva a pillar el toro. Y sí, no os engañan vuestros ojos, en las fotos que vais a ver de ambos días voy con la misma camiseta. Ningún significado especial, simplemente suelo ser repetitiva con mi indumentaria, un poco como un personaje de Los Simpsons.

Sé que debería currarme un poco más estas entradas, pero ya lo he dicho alguna vez: creo que no tengo alma de periodista. En este caso, aunque mis dos visitas a Chicago han sido geniales y os aseguro que he intentado hacer una descripción detallada de mis impresiones, al final me he rendido. ¿Sabéis eso que dicen de que «una imagen vale más que mil palabras»? (no, Abi, jamás lo habíamos oído). Bueno, como escritora le tengo un poco de manía a esa frase, pero a pesar de todo tengo que reconocer que a veces es verdad. Así que he decidido que lo mejor es compartir con vosotros algunas fotos de la Ciudad de los Vientos.

Día 1


Yo hundida entre los rascacielos de Chicago, que se han ganado a pulso su nombre (la verdad es que estoy muy tentada a ponerme esta foto de perfil en Facebook).


En lo alto de Sears Tower, una de las estructuras más altas del mundo. En días claros se pueden ver desde allí los cuatro estados de Illinois, Michigan, Indiana y Wisconsin. Y sí, es como caminar por el cielo.


Así todo queda mucho más claro xD.


Foto de rigor, obligatoria para todos los que visitan Chicago.


Nada más chicagüense que comer pizza delante de una habichuela gigante.


Vale, la pizza no era muy chicagüense que digamos. Tenía hambre, ¿vale?

Por cierto, sí, lo he buscado y «chicagüense» es la palabra correcta, y no, yo tampoco entiendo a la RAE.


Tomarse un café aquí cuesta cinco dólares. Salir y descubrir que al lado hay una tienda de cómics… no tiene precio *-*


Para llegar a la orilla del lago Michigan tuve que hacer una caminata bastante larga y prácticamente a contrarreloj, pero vaya si mereció la pena.

Bueno, eso es todo en lo que se refiere a mi primer paseo; al menos, todo lo que puedo contar sin enrollarme hasta el infinito. Este sábado tuve que volver otra vez para hacer un trámite ante el consulado español, y estas son las imágenes que corresponden a ese segundo día.

Día 2


Esto es LaSalle Street, una de las calles de Chicago donde se rodó la película El caballero oscuro, más concretamente la escena donde Batman y el Joker tienen su enfrentamiento. Y sí, eso no son efectos de ordenador, realmente voltearon un camión en esta misma calle. Impresionante.


Cuando intenté ir de LaSalle Street a Millenium Park me topé de bruces con algo inesperado: el desfile de Memorial Day, la fecha en la que se honra a los caídos en la guerra. Como tampoco podía cruzar la calle, me quedé a verlo casi entero: la verdad es que nunca había visto nada igual. Durante la hora que estuve viendo el desfile tuve sentimientos encontrados y se me pasaron por la cabeza muchas reflexiones sobre el tema del patriotismo, las diferencias culturales, las ventajas y desventajas de esta mentalidad tan distinta… Pero afortunadamente (para vosotros que no tendréis que leer mis parrafadas eternas y para mí que me libro de meterme en esos temas tan polémicos), ya dije que esto iba a ser solo una colección de fotos comentadas.


Bandera gigantesca de Estados Unidos. Lo dicho, esto parece otro mundo.


Justo cuando estaba grabando esto se me acabó la memoria del móvil, pero es una lástima no tenerlo entero. Guste o no la idea del himno, la verdad es que era imposible no emocionarse con la voz de esta cantante (otra lástima no haberme quedado con el nombre). Piel de gallina.


Y aquí una visita relámpago (para no perder el tren) a la biblioteca pública, que me he quedado con ganas de investigar más a fondo, pero al menos me quedé con esta cita de Víctor Hugo: «Una biblioteca implica un acto de fe por parte de generaciones que, incluso en la más profunda oscuridad, pudieron construir durante su noche un testimonio de la aurora».

Bueno, y hasta aquí el reportaje fotográfico de mis primeras impresiones de Chicago. Como os digo, me gustaría haber contado más cosas, pero de momento creo que con esto está bien (o al menos es mejor que nada). Ya habrá tiempo para otras parrafadas largas en lo que queda de viaje.

¡Hasta la próxima!


P. D. La cita que he puesto al principio de esta entrada es de un libro de poemas sobre Chicago que me compré al salir de Sears Tower, y la traducción es: «Venid y mostradme otra ciudad que levante la cabeza cantando con tanto orgullo de estar viva y de ser áspera, fuerte y astuta».

domingo, 22 de mayo de 2016

La historia del ripstik: Una lección de valentía

A todos nos encanta instruir, aunque solo podemos enseñar aquello que no vale la pena saber.
Orgullo y prejuicio, Jane Austen

Los días en Wheaton transcurren tranquilos, pero al mismo tiempo son un no parar. A ver cómo explico eso. La rutina es tranquila en cuanto a la ausencia de presiones, de deadlines, de las actividades que podrían llenar mi agenda en Madrid (aunque, siendo francos, en estos últimos meses he pisado poco Madrid como para que me diera tiempo a estresarme con nada). Pero al mismo tiempo, la actividad aquí es constante: casi siempre hay cosas que hacer, juegos que jugar, piececitos que calzar antes de salir a la calle, almuerzos que preparar y cuentos que leer. Y la verdad es que me encanta, a pesar de que (o quizá porque) es un tipo de actividad muy diferente a lo que estoy acostumbrada. Esto es algo que debería saber por experiencia, habiendo crecido en una familia de siete, pero creo que ahora estoy empezando a comprender lo intenso que puede ser algo tan «simple» como el día a día en una casa. En cualquier caso, las tres semanas que llevo aquí se me han pasado en un suspiro.

Un lugar al que he ido en un par de ocasiones con Natán y Olivia es un skate-park cerca de casa. Viene a cuento mencionarlo porque aquí es donde, sin yo saberlo, me enfrentaría a uno de los retos de mi aventura americana, y no uno de los retos que ya anticipaba antes de venir, como reprimir mi inglés o cocinar sin Thermomix (retos que seguramente mencionaré en futuras entradas). No, este desafío era nuevo para mí y estaba representado por un objeto que, en lo que a mí respecta, podrían haber olvidado los extraterrestres tras una visita al planeta azul. Su nombre: ripstik.



Si sois como yo, esta es la primera vez que veis u oís hablar de este chisme. Probablemente no, porque me consta que varios de mis lectores tienen alguna idea sobre todos estos derivados del monopatín, pero a mí esta cosa con dos ruedas y tabla dividida en dos partes móviles me dio mal rollo desde el minuto uno. No creo que sea un secreto para nadie que en general tengo mala relación con cualquier aparato con ruedas (salvo la bici), razón por la cual sigo sin carné de conducir y si me ofrecéis subirme a una moto recibiréis un cortés EHNONIDEBROMA. Me gusta admirar de lejos a los que sí saben hacerlo, eso sí, por eso me lo pasé muy bien viendo a Natán ir calle arriba, calle abajo, derecha, izquierda, con una soltura sorprendente. ¿El único problema? Natán estaba empeñado en enseñarme a manejarlo.

Claro, una tampoco quiere ser aguafiestas, así que al principio sonreí condescendiente, hice un poco el paripé, me subí en el ripstik y anduve tres metros por la calle agarrada de las manos de mi maestro particular antes de saltar. «Muy bien, ahora con una mano». Em… vale. Dos metros. «Lo estás haciendo bien, pero tienes que estar recta y mover la pierna para avanzar». ¿Avanzar? Si yo lo único que intentaba era no caerme… «¿Quieres probarlo en la calle?». ¿En la calle? ¡¿Cuesta abajo?! La fe que Natán estaba depositando en mí empezaba a conmoverme tanto como a inquietarme, así que decliné enseguida la oferta. Él igualmente estaba contento, y dijo que lo había hecho muy bien para ser el primer día. Yo sonreí, pero añadí mentalmente «primero y último».

La segunda vez que fuimos al skate-park, yo iba con un monopatín que me prestaron los niños y con el que estuve haciendo… teatro, básicamente. En esas estaba, dando vueltas por el parque con el pie más tiempo en el suelo que en la tabla, cuando Natán se me acercó y me preguntó si quería volver a probar el ripstik. «Hoy quizás consigues ir sola», me dijo. A esas alturas casi me daba más pena dejar que siguiera engañándose, y por muy adorable que me pareciera ver a este niño tan confiado en su certeza de enseñar a manejar el ripstik a una mujer de veinticinco años y más de setenta kilos, pensé que tenía que explicarle algunas realidades sobre la vida. Mis engranajes mentales crearon todo un discurso en pocos segundos: que si la ley de la gravedad, que si era imposible que yo hiciese lo mismo que él sin haber practicado desde pequeña, que si hay personas que nacen con unas habilidades y otras que no, que si esto, que si lo otro, que si imposible. Podría haber soltado todo ese discurso en aquel instante, parecía lo más adecuado para simplificar las cosas, pero no lo hice; una vez más, la ilusión de mi pequeño entrenador pudo conmigo. Bueno, pensé, lo intento una vez y cuando él vea por sí mismo que no puedo hacerlo empiezo con mi discursito.

Así pues, volví a subirme en el ripstik. Y tras unos pocos intentos semejantes a los del primer día… esto sucedió:



Vale, tengo la misma elegancia de movimientos que un pato cojo, pero el caso es que anduve en el ripstik. Sola. Durante casi treinta segundos, hasta el final del parque. Y después de eso incluso conseguí aprender a girar para que ese límite no fuera un problema, hasta el punto de poder andar durante más de un minuto y bajarme cuando yo quería, y no cuando mis pies perdían el equilibrio. ¿Esto estaba pasando de verdad? Es una tontería, sí, pero el caso es que aquel logro me hizo tanta ilusión que me animé a seguir probando y hasta conseguí subirme al ripstik sin ayuda. Los niños me animaban un montón, y al final del día Natán me dijo: «Estoy muy proud of you, ¡lo has conseguido!».

Yo en ese momento también me sentía bastante orgullosa, para qué negarlo, pero cuando empecé a repasar esta anécdota en mi cabeza me di cuenta de algo. Ya estaba pensando en escribirla aquí como una de esas clásicas historias americanas de lucha y victoria, con una moraleja como «persevera y triunfarás», o «a veces solo necesitas que alguien crea en ti», algo en esa tónica. Pero no podía. Algo no me cuadraba, y tardé varios días en descubrir qué era, cuál era el elemento de esta historia que no me dejaba atribuirle ese espíritu triunfante, hasta que al final di con él. Era ese discursito que había formado en mi cabeza y no había llegado a soltar. El discurso en el que yo iba a «explicar las realidades de la vida».

Vaya manera de quedar en ridículo.

Esta no es una de esas historias deportivas sobre vencer a las circunstancias, sino el relato de una lección que yo tenía que aprender. No se trataba de perseverancia: esos logros los conseguí en una tarde. No se trataba de que alguien creyera en mí: Natán ya me había dado su confianza desde el principio, era yo quien no se la había tomado en serio. No, la gran pregunta que me surge al reflexionar sobre esto es: ¿por qué me di tanta prisa (al menos mentalmente) en decir que no?

Puede que parezca una tontería hablando de un ripstik, pero la anécdota me dio para pensar, y tengo que admitir que acostumbro a reaccionar así con demasiada frecuencia. Cada vez que me enfrento a un desafío primero digo «no puedo», luego me pongo a evaluar los porqués, y a lo mejor llego a la conclusión de «anda, mira, pues a lo mejor sí puedo». Quizá me doy cuenta de que no tengo mucho que perder, quizá descubro que ese reto no me exige alejarme demasiado de mi zona cómoda, así que bueno, vale, por qué no. Pero los verdaderos desafíos, los que requieren valentía… no, esos déjaselos a los que pueden.

«¿Y tú por qué no puedes?».

«¡Porque me podría caer!».

«Sin duda, pero también podrías mantenerte en pie».

«Quita, quita, mejor que lo hagan los que saben. Yo no estoy hecha para eso».

«¿Te crees que “los que saben”, como tú dices, no se caen nunca?».

«Sí, pero no es lo mismo. A mí no me sale, no tengo habilidad».

«Te veo muy convencida para hablar de algo que no has intentado en tu vida».

Es raro, porque mis argumentos mentales para no subirme al ripstik me recuerdan mucho, entre otras cosas, a los que intenté esgrimir cuando me planteé por primera vez la posibilidad de venir a Estados Unidos. Quería, pero pensaba lo mismo: que no podía. ¿Por qué? Esto… Insértese sonido de grillos y silencio desconcertado.

No quiero decir con esto que no haya ningún motivo para asustarse ante los retos. Creedme, el riesgo es muy real. De hecho, en el caso del ripstik lo comprobé muy pronto, cuando me dejé llevar por el entusiasmo e intenté una maniobra que me hizo caer cuan larga era en la calle, delante de unos vecinos que se asustaron y me preguntaron si estaba bien, los pobres. Pero esa es la gracia: que hay riesgos, que hay que superar obstáculos, que hay que intentarlo todas las veces que haga falta, porque como me dijo hace tiempo mi hermano, la magia ocurre fuera de nuestra zona de confort. Y oh, sorpresa, para salir de ahí hay que dar un paso que no darías normalmente. A veces eso implica levantar el pie del suelo para subirse a un objeto de dos ruedas con aspecto alienígena. Otras veces implica subirse a un avión y viajar al otro lado del mundo. En cualquier caso, es un paso que requiere valentía, pero vale muchísimo la pena.

Y para aprender esa lección de valentía, a veces conviene callarse un poquito las ganas de impartir sabiduría y, en vez de eso, hacerles caso a las personas que quieren sacarte de tu zona de confort. Como mi pequeño entrenador de ripstik.

sábado, 14 de mayo de 2016

La historia del viaje sorpresa: Tres días en una postal

Debo aprender a soportar ser más feliz de lo que me merezco.
Persuasión, Jane Austen

No exageraba cuando escribí mi última entrada, en cuanto a lo difícil que seguía siendo acomodar mi mente a la realidad de estar en otro país. Supongo que tenía mucho que procesar, sobre todo después de esa llegada tan poco problemática (je). Pero como dije, las aguas ya estaban mucho más tranquilas, y poco a poco mi mente empezó a asimilar sin problemas la idea de que estaba en Chicago. Es decir, hasta que el domingo por la mañana me desperté en un hotel en Miami.

«Espera, ¿qué?».

Así es: pocos días después de llegar yo, Isra y Karisa organizaron un viaje sorpresa para ir tres días a Florida. Para mí fue una sorpresa porque me enteré esa misma semana, pero fue aún más divertido con los niños, que se enteraron el mismo día del viaje. En plan: recoged vuestras cosas, que en hora y media nos vamos al aeropuerto. La casa se llenó de exclamaciones de are you serious? y we’re going to the beach! en cuestión de segundos, y poco después, maletas y bolsos en mano, estábamos en camino.



Creo que la única forma de describir este viaje es… tres días dentro de una postal. Es decir, ¿recordáis Mary Poppins, cuando los personajes saltan a unos cuadros dibujados en la acera y pasan la tarde en un mundo claramente irreal? Bueno, imaginaos hacer eso, pero con una postal, una foto de una revista o una película. Esas cosas que ves desde tu casa y piensas: ya, sí, supongo que eso existe en alguna dimensión. Pero de repente caí en la cuenta de que yo estaba ahí, pisando la misma arena, bañándome en el mismo mar de color azul radioactivo y quemándome cual perfecta guiri con el mismo sol. Pensé: «¿Esto es real? Porque si no, a mí que no me despierten». Y, maravillosamente, no me desperté.

Han sido tres días llenos de buenos momentos: recoger conchas y enfrentarme a las olas con Olivia (diría que nos ganaron las olas), nadar con Iria en la piscina tratando de alcanzar el flotador, descansar con Anniah junto al mar, ver películas con Natán por la noche, charlar con Isra y Karisa… En el viaje de vuelta, cuando Iria se pasó la mitad del trayecto en coche cantando if you’re happy and you know it clap your hands, me faltaban manos para expresar mi alegría y mi gratitud. Creo que puedo decir que, al menos por ahora, la tensión de los primeros días se ha ido. Y aunque a ratos todavía miro a mi alrededor y tengo que repetirme eso de «que sí, pesada, que estás en Estados Unidos, mentalízate de una vez», esta sensación ya no se debe a la inseguridad ni al miedo, sino al entusiasmo y a lo agradecida que estoy, segundo tras segundo, de poder vivir esta experiencia.