It’s ok to feel sad sometimes.
Little by little, you’ll feel better again.
Daniel Tiger
Miro
el calendario y caigo en la cuenta de que hace dos semanas que volví de
Estados Unidos. Y, en cierto modo, escribir un epílogo a estas alturas parece
un poco fuera de lugar. Han pasado muchos días. Parece que no he tardado mucho
en volver a acostumbrarme a mi rutina española: el idioma, los horarios de las
comidas, la forma de moverme por la ciudad, el trato con la gente… Mi realidad,
en resumen. Para ser honesta, me resulta difícil creer que hace menos de un mes
estuviese comiendo bagels mientras
veía el desfile del 4 de julio, y más difícil aún me resulta escribir sobre
ello. Sin embargo, después de todo lo que he vivido no puedo dejar esta
historia inconclusa; por lo menos, tengo que intentarlo.
Sé que
habría muchas maneras de cerrar esto in
crescendo, con una nota de optimismo y alegría. Al fin y al cabo, cada vez
que miro las fotos de mi aventura chicagüense (en serio, suena mal cada vez que
lo digo, ¿por qué permitimos que semejantes gentilicios se cuelen en nuestro
idioma?, en fin, perdón por interrumpir) me asombra lo afortunada que soy y doy
gracias a Dios por permitirme vivir esta experiencia. Podría hablar de lo mucho
que he aprendido, crecido y disfrutado en estos tres meses. Podría describir mi
gratitud y mi felicidad. Podría, sí, pero… este blog tiene otras siete entradas
en las que hablo de ello. No es de eso de lo que quiero hablar en este epílogo.
Quiero hablaros de un tema un poco más agridulce que me ha acompañado casi toda
la vida, pero que este año ha estado especialmente presente.
Las despedidas.
Os
cuento una anécdota. Una mañana en Wheaton, más o menos a principios de junio,
me desperté con una vocecita muy cercana diciendo «Abiiii». Abrí los ojos y me
encontré con Iria, que me miraba con sus grandes ojos castaños.
–Hola,
Iria –dije, con mi voz de por las mañanas (que es un poco sepulcral, pero por
suerte ella no se asustó). La pequeña se quedó un momento mirándome y al final
volvió a decir:
–Abiiiii…
–Dime,
corazón.
Ella
se miró la camiseta de pijama, que era violeta y con el clásico I HEART U escrito en letras grandes. Se
le iluminó la mirada y me dijo:
–¡Abiiii!
Look! This is morado!
–¡Lo
sé! Es muy bonita –respondí, sonriendo.
–But Abi, look! –y fue señalando las
letras de la camiseta a la vez que decía–: I…
«iove»… –entonces me miró con una de sus sonrisas enormes, me señaló con el
dedo y exclamó–: … YOU!
Fue en
ese momento que escuché una vocecilla en mi cabeza con la que ya estoy bastante
familiarizada. Una voz que me dijo: «Para. Ten cuidado. Te estás encariñando
demasiado con estos niños, y cuando tengas que decirles adiós te va a doler.
Pon una barrera alrededor de tu corazón. Protégete. Crea un poco de distancia;
no mucha, pero sí la suficiente para que no te haga daño». Aunque fuera a un
nivel un poco subconsciente, me di cuenta en ese instante de que iba a tener
que tomar una decisión.
Y la
tomé.
Hoy,
volviendo la vista atrás, recuerdo este momento y puedo decir que aquella
irritante voz en mi cabeza tenía razón en una cosa: me duele. Pero ¿sabéis?, me
alegro mucho de no haberle hecho caso. Si lo hubiera hecho, quizá este epílogo
tendría un tono más alegre, pero la historia no habría valido tanto la pena.
Una de
las lecciones más importantes que he aprendido este año se resume en una
palabra: entrega. Hace menos de un
año creía saber lo que significaba eso: entregar tu tiempo, tu dinero, tu
servicio, tus talentos… Pero ahora veo que, aunque todo eso tiene mucho valor,
no es más que el principio. Una persona entregada es la que se entrega a sí misma. Es aquella que no entrega
solo lo que tiene, sino también lo que es: su personalidad, sus sueños, sus
miedos, sus emociones y su historia. Entregar significa bajar las defensas y
ponerse en una posición vulnerable, y sí, cuando haces eso dejas paso al dolor.
Pero también a una forma de amar mucho más profunda.
No
creo que pueda identificarme, al menos de momento, con el tipo de persona que
acabo de describir. Me contento con saber que puedo llegar a serlo algún día.
Pero sí puedo decir que he intentado que esa fuera mi actitud a la hora de
vivir mi aventura americana. He procurado que mi temor a las despedidas no me
impidiera aprovechar al máximo cada maravilloso momento que he vivido con Isra,
Karisa, Natán, Olivia, Iria y Anniah. Y ahora, en España, a un océano de
distancia y con las vocecillas de los pequeños aún resonando en mi cabeza, puedo
decir que no me arrepiento de esa decisión.
Con esto
me despido de la ciudad del viento, las banderas tachonadas de estrellas, las
ardillas, los cereales nocturnos, los duelos de cosquillas, las canciones de
Daniel Tiger, los puzles en el porche y las otras mil cosas que voy a echar de
menos. Me toca ponerle punto final a este epílogo y decir adiós Lo digo con
gratitud, y también con tristeza, pero sobre todo lo digo con paz, sabiendo que
«las muchas aguas no podrán apagar el amor» (Cantares 8:7). Y sabiendo también
que mi corazón se ha hecho un poquito más grande gracias a las personas y
personitas con las que he compartido este verano.
¡Hasta
la vista, Chicago!
























