Dicen que cada copo de nieve es diferente. Si eso
fuera cierto, ¿cómo podría el mundo seguir adelante? ¿Cómo podríamos volver a
levantarnos de nuestras rodillas? ¿Cómo podríamos recuperarnos del asombro?
La pasión, Jeanette Winterson
Recuerdo
un par de momentos en mi vida en que me ha invadido un sentimiento similar al
que tan bien expresa Jeanette Winterson con estas palabras, y por el motivo que
sea, esos momentos siempre han tenido lugar delante de una vasta extensión de
agua. De modo que no me extrañó mucho volver a sentir lo mismo en la casa del
lago de Wisconsin, donde la semana pasada tuve la oportunidad de pasar dos días
con la familia de Isra y Karisa. Sentada en el muelle al atardecer, en
silencio, contemplando la puesta de sol más preciosa que he visto en mi vida,
me sentí invadida por esa misma mezcla de maravilla, emoción e incomprensión,
preguntándome cómo es posible que exista tanta belleza en el mundo y que sin
embargo la vida siga adelante. Cómo es posible que, una y otra vez, nos
acostumbremos a ello. Cómo es posible que estuviera mojando mis pies en el agua,
en un lugar tan idílico, a casi siete mil kilómetros de mi casa, sin desmayarme
ahí mismo.
Me
he puesto un poco melancólica, quizás porque mientras escribo esto soy
consciente de que me queda solo una semana para volver a España. Pero es cierto
que he vivido unos momentos muy especiales, y seguramente irrepetibles, en esos
dos días en Wisconsin. La casa donde la familia de Isra y Karisa suele pasar
sus vacaciones está a la orilla de un lago precioso, y no exagero al decir que
parece uno de esos rincones que solo existen en los cuentos. He tenido la
oportunidad de jugar y nadar con los niños, de dar paseos en lancha y de
dejarme arrastrar por la lancha en un flotador enorme hasta que la velocidad me
tiró al agua; he comido cenas riquísimas, he jugado al UNO y a las pistolas con
balas de esponja, he contado cuentos y he visto una película sobre una canguro
que se pierde de noche por Chicago con los niños que tiene que cuidar (¡ideal
para mí!). Pero, sobre todo, he disfrutado de la compañía de una familia
preciosa, cuya bondad y generosidad me siguen sorprendiendo cada día.
Y
podría decir lo mismo de la segunda experiencia que quiero describir aquí:
encontrarme en Estados Unidos durante, probablemente, el día más americano del
año. Este lunes he podido ser testigo directo de las celebraciones del 4 de
julio, la conmemoración del día en que se firmó de Declaración de Independencia
de Estados Unidos hace doscientos cuarenta años, y ha sido realmente
emocionante. Los festejos empezaron la noche anterior en casa de los padres de
Karisa, comiendo los tradicionales s’mores
alrededor de una hoguera (s’more = malvavisco
tostado con chocolate y galletas) y subiendo a una colina para ver los fuegos
artificiales.
Al día
siguiente todos fuimos a ver el desfile del 4 de julio desde el jardín de los
primos de Karisa, que nos invitaron a un desayuno increíble formado por donuts,
galletas, café, etc. El desfile fue muy vistoso y hubo de todo: animadoras,
bandas de música, gente disfrazada de figuras históricas (o de vacas, en el
caso del restaurante Chick-fil-A),
los sectores políticos de turno… y, sobre todo, banderas americanas por todas
partes. Miraras donde miraras encontrarías los colores rojo, azul y blanco; no
solo en las banderas del desfile, sino también en la ropa de la gente o en
creativos adornos como el que encontramos más tarde en la mesa de la comida.
Una
pregunta interesante que me hicieron un par de personas por separado fue: ¿cuál
es el equivalente de esta celebración en España? Creo que contesté con la
verdad en la mano al decir que en mi país no hay nada parecido a esto, en parte
porque es evidente que no compartimos la misma historia que los estadounidenses
y también porque… bueno, porque son culturas distintas y sería como comparar el
tocino con la velocidad. No creo que llegue a haber una celebración semejante
en España, y tampoco digo que deba haberla necesariamente, pero me alegro de
haber tenido la oportunidad de vivirla aquí.
Me gustaría
hablar un poco más de mis últimas aventuras americanas, pero al mismo tiempo sé
que los minutos del reloj siguen pasando y que el tiempo que invierto en
escribir sobre mis experiencias es tiempo que pierdo de simplemente vivirlas. Por eso, y porque tengo otros
proyectos en los que quiero trabajar antes de irme, creo que esta será mi
última actualización desde este lado del charco. El próximo episodio, o más
bien el epílogo de este blog, lo escribiré ya desde España.
Tic-tac, tic-tac…






Wow i can't believe that this is your last entry before your return. I'm soooo looking forward to seeing you and hearing all about your experiences. Have missed you
ResponderEliminar¡Qué ganas de ser "escuchante" de tantas historias! esperándote!
ResponderEliminar